Los ojos sólo tienen capacidad para mostrarnos lo que está delante de ellos. Por eso no vemos más allá de la línea del horizonte. O más allá de la pared de la pared de nuestra habitación. A veces ni si quiera podemos mirar más allá de nuestra nariz. Pero el ser humano tiende a ser inconformista y no puede verse limitado ni por la barrera infranqueable que a veces nos empeñamos en poner nosotros mismos, ni por las circunstancias de la vida.
La resistencia a la rutina se manifiesta de forma consciente gracias a la información que continuamente nos bombardea. En otras ocasiones se muestra de forma inconsciente, especialmente en los casos en los que la fuente de información no puede venir de otro lugar. El caso de Said era claramente este último. Un sueño le había hecho recapacitar en su situación. Un sueño le había descolocado los esquemas a los que se había terminado acostumbrando. Un esquema que se había reducido al trabajo en la mina y al camastro de su pequeño hogar. La inquietud por salir adelante, por conocer lugares nuevos, por encontrarse con niños como los que había visto aquella noche y por tener, en definitiva, una vida mejor, había despertado desde el momento en que regresó a la realidad. Desde que se dio cuenta que ya era demasiado tarde y que si se demoraba un poco más su jefe le regañaría.
Emprendió el camino como cada día desde hacía cuatro años, y sumido en sus pensamientos topó con Rashid, un niño dos años menor que él con el que compartía faena. Rashid había salido de casa y a penas había dado unos pasos, encontró una piedra con la que hacer el camino más ameno. Iba golpeando la piedrecilla cual balón improvisado, hasta que esta chocó con los pies de Said.
- Hola Said, ¿qué tal te encuentras hoy?
- Bien, ya tengo la costra- dijo Said señalándose la rodilla. Pequeñas heridas que eran normales dado las circunstancias del trabajo. Carecían de instrumentos de seguridad y estaban expuestos a accidentes que, hasta el momento, no habían sido graves.
- ¿Quieres ir golpeado la piedrecilla conmigo? Es entretenido.
- Venga vale, a ver si así llegamos antes.
Aquellos eran los entretenimientos a los que quedaban reducidas sus pocas horas de descanso, pero por eso, eran los ratos más felices del día. A pesar de que ambos estaban condenados a madurar prematuramente, aún seguían siendo unos niños que se negaban a ver únicamente lo que sus ojos querían. No era raro que confundiesen la realidad con la ficción en un intento desesperado por escapar de aquel agujero en que la sociedad les había metido. Pero cuando levantaban la vista se encontraban con la miseria. Por eso preferían mirar al suelo, o como mucho fijar los ojos en los de la persona más cercana. Evadirse aunque fuese con las inocentes patadas que estaban propinando a la piedrecilla de Rashid.
- ¿Tú sabías que hay niños que no trabajan?
- ¿Aquí? Eso es imposible. Aquí todos trabajamos Said, excepto los más pequeños, que pueden ir al cole.
- No, no me refiero aquí, tiene que existir algo más que esto, porque he soñado con un niño con cara blanca que va al colegio.
- ¿Con cara blanca? No existe nadie así, todos somos de color marrón chocolate.
- Que no Rashid, que estoy seguro de que eso tiene que ser verdad. No puede ser que seamos los únicos niños de la tierra.
- Pues no sé, a lo mejor los mayores saben de eso. Pero si eso existiera, ¿entonces qué hacemos aquí? No lo entiendo. Si hubiera alguna posibilidad de ver algo más que esto lo sabríamos, porque nadie sería capaz de dejarnos aquí.
- O sí, no sé. Si nos ha tocado esto será por algo- Dijo Said, seguro de que su sueño era real y lo que pasaba era que los niños blancos eran unos egoístas y no querían compartir aquellos lugares tan bonitos con niños diferentes. El único considerado había sido Charlie, pero no dejaba de ser un niño ficticio, fruto de su delirio nocturno.
- ¿Tú crees que si existe estará cerca? Si averiguamos que es real, podemos buscar un atajo.
- ¿Un atajo? Jajajaja, no seas tontito Rashid, si eso es verdad no debe ser tan fácil llegar.
- Yo no soy tontito- dijo Rashid ofendido. La cara había pasado de la leve sonrisa e incertidumbre, a la amargura de pensar que su amigo le consideraba un tonto.
- No pongas esa cara, que lo digo en broma- le dijo mientras le daba un empujoncito en la espalda. Sabía que Rashid, quizás porque era más pequeño, era fácilmente susceptible a lo que le decían y se tomaba las cosas muy en serio. Tenía 10 años, pero Rashid consideraba que lo que él decía tenía tanta validez como lo que podía decir una persona que le doblase la edad.
En medio de esta discusión llegaron a la entrada de la mina. El hombre que había en la puerta les dio un pico a cada uno y les dijo que habría una pausa a media mañana. Entraron con las herramientas en las manos agachándose para no darse en la cabeza con el bajo techo del tramo inicial. Ninguno de los dos había vuelto a pronunciar ni una sola palabra. Seguían caminando y bajando de nivel progresivamente mientras pensaban que no tenía sentido hablar de sueños cuando la realidad no era otra que la oscura y fría mina. Cuando dejaron por fin la mente en blanco, ambos habían incorporado su débil cuerpo y levantaban el pico apuntando a la pared. Habían renunciado forzosamente a ser niños para convertirse en los útiles de trabajo de hombres que estaban por encima de ellos. Condenados por sacar adelante a sus familias y condenados por la pobreza.
Por mucho que los sueños se empeñasen en dejar de ser ficción para imponerse sobre la realidad diabólica, no dejaban de ser simples sueños y ellos simples soñadores.
ayss, qué triste…. está muy bien, pero es que la realidad es una mierda… Te digo lo mismo que en el capítulo anterior, me mola la manera de contarlo a través de niños, me encanta esa inocencia. La verdad que es una pena que haya niños condenados a trabajar mientras deberían estar jugando y correteando por los coles. Es difícil que eso cambie rápido, pero espermos que llegue un día en el que no se queden en ser simples soñadores
Besillos!
Veo que has roto la maldición de “las segundas partes nunca son buenas”. Un diálogo muy bueno. No sé los demás, pero yo consigo visualizar la escena totalmente, y siempre que me pasa eso es que el texto es bueno.
Se me olvidó comentarte en la primera parte que me alegra leer un texto que trate de un tema como éste. Básicamente porque es uno de esos temas que están de tapadillo en la sociedad. A nadie le gusta que le saquen los colores, y por eso pocas veces sale a la luz, y cuando ha salido hemos hecho la vista gorda, que muchas prendas, calzado, y otros productos que compramos los fabrican niños del tercer mundo.
Recuerdo la movida de Nike de hace unos años y el posterior bajón que registró en las ventas. Hasta que al listillo que se fue de la lengua le cerraron la boca y hoy por hoy Nike sigue vendiendo como si nada.
Un beso y a por la tercera parte!