
El 7 de julio emprendí un viaje más largo de lo que creía. No eran sólo los 500 y pico kilómetros que separan Colmenar Viejo de Puerto de Mazarrón. No. Era un viaje que comenzaba estando allí. Que nadie piense que me he dedicado a viajar desde Puerto de Mazarrón a diferentes lugares, aunque alguna vez he vuelto a casa invadida por la nostalgia. Pero no, no me refiero a ese tipo de viajes. Me refiero a mi viaje profesional, ese que solo puedo hacer yo.
Creí comenzar mi carrera hace tres años cuando entré en la universidad. Y aunque allí he aprendido muchas cosas (especialmente a alimentar más si cabe el amor que siento por el periodismo a base de decepciones que quienes me conocen saben), nada como trabajar de periodista haciendo lo que habitualmente hacen los trabajadores de una radio.
Radio Costa Cálida está siendo el primer paso en esta ardua travesía que es la de aprender haciéndome un hueco en este mundo. Y si antes me cabía alguna duda, ahora tengo claro que haré lo imposible para trabajar en lo que me gusta. Soy consciente de las dificultades que encontraré, pero también soy consciente de que no podría dedicarme a ninguna otra cosa. Parte de mi felicidad dependerá de lograr esta meta.
Una de las mayores satisfacciones que he tenido en mi vida ha sido ponerme delante de un micrófono (de esponjita por supuesto jaja, aunque sin esponjita también me vale, porque nunca olvidaré mi primera práctica en la universidad, aquel comentario criticando al plan de Bolonia…qué grande fue ese día). Esa sensación de sentirme útil haciendo lo que siempre he querido hacer casi no podría compararse con nada. Sólo espero que esta ilusión nunca muera, ni si quiera cuando acabe la carrera y me patee todo Madrid en busca de trabajo.
Me queda un mes para terminar mis prácticas aquí. Y sé que un hueco de mi corazón siempre estará reservado a este rinconcito de España: por sus playas, por sus vistas impresionantes, por sus miradores, por su olor a jazmín, por su cine de dos películas al precio de la mitad de una en Madrid, por sus batidos interminables, por el placer de compartir helados inmensos, porque aquí he echado (y echo) de menos, porque aquí he madurado cada verano…y porque nunca olvidaré que un verano empecé a hacer realidad mi sueño en mi siempre querido Puerto de Mazarrón.