Llevaba tiempo avisando, enseñándome los dientes. Pero seguí sonriendo, comportándome como si nada, esperando que aquello fuera sólo una imaginación mía, una impresión que terminara borrándose con el tiempo. Pero cuando alguien te tiene entre ceja y ceja, y lo sabes aunque no quieras reconocerlo, al final termina comiéndote. Un día, cuando menos te lo esperas, abre la boca y te come de una sentada. ¿Y qué queda de eso? Una depresión enorme que sólo tú, que sabes lo que ha ocurrido exactamente, eres capaz de comprender.
El único consuelo, un ordenador y un teclado. “¿Para qué querías ese trabajo? Tú eres periodista, no dependienta, ni señorita de la limpieza, ni asesora personal de madres pesadas, y mucho menos la tonta de turno a la que echar la culpa cuando algo sale mal”. ¿Y qué me queda? Un viaje a Cuba y la tranquilidad de saber que a lo único a lo que me quiero dedicar en la vida es a ser periodista. Y cuando lo consiga, no dejaré que ningún lobo vuelva a enseñarme los dientes.